viernes, 26 de octubre de 2018

Yo gaviota, tú, mar...


 
Yo gaviota, tú, mar

Sólo quería sentirme segura, sólo quería descansar en ti.

En mis momentos aciagos, fuiste quién me hizo sonreír;

en mi absoluto desamparo me trasmitiste esperanza.

Cada día cambiabas de una en una mis lágrimas por sonrisas

y muy pronto comencé a reflejar tu presencia en mi pensamiento.


Reconstruiste mi vida y mi alma dolorida;

reconstruiste mis alas y mi deseo de vivir

y lograste que abriera de nuevo los ojos a la esperanza. 



Qué más da que cuando me viste de pie,

a punto de volar de nuevo, te retiraras discretamente de mi vida.

Qué más da que mi mirada se volviera a empañar por el llanto.

Qué más da que un día cualquiera necesite otra vez con ansias 

tu sonrisa y tu mirada de ternura.

Qué más da que ya no estés

Qué más da, si presiento tu presencia inscrita en el viento,

Qué más da que no sepa si te volveré a ver.

Qué más da que yo sepa que alguna de esas noches 

llegas, furtivamente, escondiéndote en las sombras para volverme a ver. 

Qué más da que tu creas que mi felicidad está en tu ausencia;

qué más da que con tu ausencia me hagas tan infeliz.

 Karmen Martìnez


sábado, 13 de octubre de 2018

Justicia divina




Justicia divina

De un hueco del destino ya herrumbroso, 
en lejano eco de un grito desolado 
retumbaba mi lamento quejumbroso 
sobre un tema que hasta Dios había olvidado. 

La humana justicia casquivana huía 
y Dios la divina también demoraba 
y saldar su adeudo siempre rehuía 
y en eterna espera siempre me dejaba 

tropezando en restos de promesas muertas, 
deambulando sobre hiel, duda y temores, 
y pendía en la oquedad de mi alma yerta 
el marchito ramillete de sus flores. 

La neblina desplegó sutil su velo 
menguando la luz del día mortecino, 
y yo pedía vanamente un consuelo 
aquel otoñal crepúsculo anodino. 

Cubriendo de olvido los meses y años 
al tibio rocío lo tornó en escarcha, 
esparció cenizas en los desengaños 
y, sin pausa el tiempo continuó su marcha. 

Se asía mi alma obstinada a la sombría 
quimera evasiva, cual cautiva yedra, 
y el furor de la obstinación daría 
a mi espíritu la dureza de la piedra. 

Retorné de nuevo con mi antigua queja 
y al sagrado templo retomé mi vera; 
la réplica santa se ha tornado vieja 
y tenaz repite: “espera… espera…” 

Una de las causas de mi honda protesta 
sucumbió en la insidia de las tempestades; 
la otra persiste y busca la respuesta 
entre escombro y ruinas de mis soledades. 

Hoy, en este aciago atardecer cetrino 
meditando fatigada, desespero, 
y… propuesto un pacto con el Ser Divino 
en estoico letargo, espero… espero…

Karmen Martìnez 




lunes, 8 de octubre de 2018

inconmovible

Días nublados, lluviosos, nostálgicos; preludio del ineludible y desolador invierno. Arboles desnudos, suelos húmedos, cubiertos de hojas muertas, nidos abandonados, solitarios... ausencia de flores y mariposas.
 

Karmen Martìnez 

Inconmovible

Tu faz inconmovible 
de efigie inmóvil cincelada en piedra 
con desdén indecible; 
para el alma que ciñes como hiedra 
tus ojos de mirada sugestiva 
son única señal de estatua viva.

El mirar de esos ojos,
pétrea mirada de sutil encanto,
fría y fingiendo enojos
que al alma oprime y la disuelve en llanto,
desvanece las sombras y las penas
llenando de luz las noches serenas.

Así, déjame amarte
estatua de alabastro imperturbable.
Permíteme tocarte,
tocar el frío de tu mármol inmutable
suavizando la aterida dureza
de tu piel para darle la tibieza.

Tu rostro cobra vida,
palpita de pasión bajo el granito,
de amor desfallecida
el alma exaltada ahoga un grito
y la ilusión enciende mi sentido
al advertir que tu frialdad se ha ido.

Leve vestigio de amor
oculto en la insondable faz de roca,
de la pupila el temblor
se dilata y desciende hasta la boca
ardoroso el deseo por un beso
que se ha quedado entre los labios preso.

El corazón se enciende,
va suavizando de la piedra el rigor
y al exterior trasciende;
almas anhelantes, sedientas de amor,
fundidas en crisol incandescente
y grata esencia de un amor ferviente.

En loco desvarío
la fuente del deseo apaciguamos
y en el paraje umbrío
al sopor placentero dormitamos.
Al despertar, busco otra vez tu boca
… pero volvió a su rigidez de roca.