viernes, 3 de noviembre de 2017

Cuerda floja

La sinceridad y la verdad

Hay una manera de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo; no concede la felicidad pero le proporciona a quien la practica una especie de poder mágico, de dominio sobre su prójimo: es la sinceridad y la verdad.

Ser sincero, auténtico, aunque se rompa el alma contra los obstáculos; aunque se quede solo, aislado y sangrando. No es una fórmula para ser feliz pero sí para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida cuyas apariencias nos marean y nos engañan continuamente.


Tiene un doble fondo curioso: no modifica la naturaleza de quien lo practica pero le concede una especie de doble vista que le permite percibir la mentira, el engaño, la traición y los sentimientos de quienes están a su lado.

Una persona auténtica hace de la sinceridad y la verdad una cuerda floja; por ella cruza sobre los abismos de la vida y no hay nadie, absolutamente, nadie, que le haga caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras se acercarán mañana a sonreírle tímidamente. Una persona sincera, auténtica es tan fuerte que sólo ella es capaz de reírse y apiadarse de todos.


Auténtico es quien se muestra tal como es: sin mentiras, sin engaños, sin fingimientos. Se gana lo que tiene, limpiamente. No compra amor, no camina por la vida rodeado de amigos falsos, fraudulentos. Lo poco que tiene vale más que lo mucho que tienen otros.


La sinceridad y la verdad no dan la felicidad pero dan la satisfacción de vivir de manera recta. No dan muchos amigos pero los que dan son verdaderos. La sinceridad y la verdad son escudos que todos deberíamos llevar, aunque nos quedáramos solos, aislados y sangrando...

Karmen Martìnez






El castillo del dragón



Si se me permite hacer una crítica al extraordinario y gran escritor Alejandro Dumas, quien, desde mi punto de vista, después de su gran genialidad al escribir “El conde de Montecristo” se le agotó la inspiración.

En “El castillo del dragón” se refiere a que en el pueblo de Rhungsdof cerca del río Rin existe un castillo llamado, “Drachenfelds” el que estaba ocupado por un dragón (debía ser de los dragones diabólicos y malvados, porque los hay como el dragón chino, que es el máximo representante de la grandeza).

Pues bien, este dragón exigía una persona como alimento diario. En los tiempos en los que Julián el Apóstata llegó con sus legiones a acampar a orillas del Rin, dos de los centuriones peleaban por una hermosa prisionera y estaban a punto de matarse uno al otro cuando el general, imitando el juicio salomónico propuso darle como alimento al dragón a la mujer. (Quizá la amaban tanto los centuriones que buscaron inmortalizarla, entregándola en sacrificio).

La bella mujer, coronada de flores y vestida de blanco fue atada a un árbol mientras le llamaban al dragón. Ella pidió que le dejaran libres las manos, así que en el momento que llegó el dragón, sacó un crucifijo y lo poso en medio de ella y la criatura. El dragón corrió despavorido y se refugió en su cueva. Entonces los lugareños y los soldados se envalentonaron y juntaron leña para llenar la cueva y encenderla, quemando al dragón, el cual se retorcía y silbaba dentro del antro hasta que quedó completamente calcinado.

Se dice que la bóveda tiene señales de fuego y la piedra se convierte en polvo al tocarla. Esta historia ayudó a los cristianos a propagar su fe.

Ni por asomo, nos dice Dumas cuál de los dos valientes centuriones se quedó con la mujer y si ella, agradecida por el honor que le confirieron al ofrendarla a dragón, calló rendida ante la gallardía y la valentía de los centuriones.

Karmen Martìnez